Mujeres peruanas infieles adoración del pie

mujeres peruanas infieles adoración del pie

Lo mejor de la sociedad ocupaba los palcos; y las mujeres se presentaban con el rostro descubierto, vestidas a la francesa con un esmero lleno de gusto y de distinción. En la sala del coliseo, a las presentaciones de las líricas, no se advertía una mujer entre doce a la que se pudiera negar sin severidad el epíteto de bonita.

El Coliseo es sobre todo la cita de la aristocracia: Son esas diferentes categorías de gentes de color, que los descendientes de los conquistadores, envuelven con desdén en esa calificación: No pretendo describir las costumbres de la gente de medio pelo, ni de los negros, no habiendo estado en el caso de estudiar tan seriamente su vida íntima; pero ensayaré el hacer compartir al lector la impresión que he recibido de sus extrañas costumbres, cuando me fue dado encontrarlos en los diferentes escenarios de sus trabajos y diversiones.

Entre la gente de medio pelo , se distingue sobre todo, el cholo , hijo del indio y del blanco; y el zambo , hijo del indio y del negro, en diferentes grados. Las gentes de color, viven en la Sierra, donde son mineros, pastores, agricultores y algunas veces, tejedores.

Los cholos se ocupan principalmente de la conducción de las mulas y llamas que transportan las mercaderías extranjeras y los géneros a través del país. Cada odre, semeja entonces a un cono, cuyas extremidades terminan bruscamente en punta. Las balsas soportan pesos considerables, y su poco calado, les permite atravesar la resaca sin dificultad. Iquique es un pequeño puerto peruano, situado al sur de Lima; la ciudad, sentada sobre una arena gris y fina, se destacaba apenas sobre el fondo ceniciento de los altos cerros que bordean el horizonte, hacia el este.

Hacía un calor tórrido, y todo el paisaje parecía temblar, como si estuviese separado de mí, por un velo incandescente; también el guano que cubre con su manto de nieve las rocas negras de la ribera, formaba con esas tierras calcinadas un singular contraste.

La ciudad de Iquique estaba sumida en el estupor; un movimiento militar, había tenido lugar, y la rebelión había llevado a todos los hombres aptos para llevar armas. Una media docena de cholos, que un jefe de partido, desembarcado la víspera, había comprado a su causa, tenía su guarnición ahí. Así, la mancha de un ejército peruano, tiene todo el aspecto de esas tribus primitivas que van en busca de un nuevo territorio.

La escolta de las rabonas ya es una garantía contra la deserción. Desafortunadamente las dulzuras que aportan a la vida del campo, la compañía de las rabonas, no disminuye siempre el disgusto del soldado por el triste oficio que le imponen.

Un día de batalla, es sobre todo, favorable a sus designios. Luego que la fusilería se abre al lado del cañón como de costumbre el desorden se levanta en esas bandas indisciplinadas. El olor de la pólvora, casi no excita a los peruanos, y la heroica fiereza de la que hablan sus boletines, no los lleva nunca muy lejos.

Muy diferentes a los pueblos adelantados, se preocupan mediocremente de fertilizar sus surcos con la sangre de sus enemigos; el guano les parece un abono infinitamente preferible. El campo de batalla pertenece, de ordinario, al partido que tiene la audaz curiosidad de avanzar para ver si acaso los tiros han dado en el vacío. La animosidad de los combatientes, no es muy seria.

La acción no es casi nunca mortal. El abandono y la apatía que le son habituales, no se resisten a los platos condimentados, las bebidas fermentadas o espirituosas y al impulso de los bailes peruanos. Por el influjo de estos diversos incidentes, su fisonomía triste y resignada, cobra una expresión de alegría casi salvaje. Esta flor, a la que denominan amancaes ha dado su nombre a la fiesta.

La turba se traslada, para cogerla, hacia un punto de la montaña en que de ordinario crece en gran abundancia. Para llegar a ella, hay que atravesar una llanura cubierta de tiendas y de ranchos , de los que se escapa, mezclado al concierto burbujeante de las pailas y las cacerolas, el son de las guitarras y de los tambores. Cholos, zambos y negros, se detienen en la llanura.

Cuando, a la puesta del sol, los jinetes de ambos sexos entran en la ciudad, rivalizando en proezas de equitación, los gozosos peregrinos, exhiben ufanamente el botín que han recogido sobre los cerros. Cerca de la casa, y dominando la muralla elegantemente dentellada de un vasto recinto, se percibe, semejante a un arco de triunfo, una especie de pórtico cargado de ornamentaciones de estuco y unido a una serie de arcadas.

Ese monumento construido bajo el virreinato de Amat debía ser continuado con una alberca para el baño de mujeres. Tubos dispuestos con arte, debían conducir el agua de un depósito vecino, hacia diferentes puntos de la arquitectura, de donde cayendo en cascadas, vendría a llenar esa vasta piscina.

Mariquita, como buena limeña, tomó todo lo que se le ofrecía, y llenó la ciudad de los Reyes con su fausto insolente y con sus locas prodigalidades. Otra vez, sospechando entre los besos, que sus mulas favoritas no habían tenido sus provisiones acostumbradas, se erizó, de pronto, de feroces resistencias virtuosas e igualmente esta vez, Amat tuvo que ir a las caballerizas del Palacio, para controlar el servicio de los palafreneros Fue sin duda después de uno de esos fastidiosos paseos nocturnos, cuando el Virrey expresó su despecho bajo ese breve y injurioso epíteto: Pero la encantadora hubiera convertido el fierro en oro: Las fantasías todopoderosas de la favorita, tuvieron sin embargo, nobles y generosos móviles: Pero el demonio del orgullo, reponiéndole en el corazón, esa insaciable necesidad de brillo y ostentación, tan comunes a sus semejantes, ella se señalaba por nuevas excentricidades, en las que se convertía en cómplice, aquél que ella envolvía con una red de seducciones.

Pero su capricho, era esta vez, retumbante. Hizo bulla, y fue en la nobleza, un grito de indignación general. Una mestiza, una cholita, una hija de ese pueblo miserable, iba a tener la preferencia sobre la noble raza de sangre azul! Antes de sufrir semejante afrenta se hubieran quemado en auto de fe, blasones y pergaminos.

Todo conspiró contra la Perricholi. La Inquisición misma, se asegura, se conmovió en su antro, y se ocupó del asunto de tal manera que el Virrey, inquieto, tuvo que disuadir a su voluntariosa querida.

Ésta aceptó transigir, pero con la condición de que ella asistiría a la ceremonia en una elegante calesa la que sería regalada para esa circunstancia. El sentimiento cristiano que de tiempo en tiempo se despertaba, como se ve, en el alma de la Perricholi, debía luego, invadirla enteramente.

Este fin ejemplar atenuó los errores de su vida. Son siempre las mismas caballeras lanudas, las mismas narices aplastadas, las mismas bocas toscas y avanzadas en hocico. Sin embargo, lejos de haberse viciado, todo anuncia que su raza se ha fortalecido en el suelo de su esclavitud. Desde el punto de vista moral, la suma de sus virtudes no equilibra la de sus vicios. Por el contrario, los que habitan en las ciudades, y viven bajo la mirada del amo, se vuelven siempre afables, honrados y fieles.

Esos cambios se deben sin duda a la mansedumbre con la que los peruanos, en general, tratan a sus esclavos. Una casa limeña, no es en cierto modo, sino la tienda de Abraham o de Jacob solidificada. El plazo en que debe de proveerse, es de tres días; pasado ese plazo, sufre nuevamente la autoridad de su amo legal.

Esta ley tan sabia, ha dado lugar a asambleas de esclavos llamadas cofradías. Se vuelve entonces, esclavo de la Cofradía, hasta que pueda liberarse de ella. Uno puede convencerse visitando las cofradías en día domingo. Durante ese día, dedicado al descanso por la religión, los esclavos aprovechan las horas de ocio que les deja el amo para borrar de su mente las tristezas y los fastidios de la vida real y dedicarse por entero a los recuerdos y a los sueños ilusorios.

Frescos groseramente pintados en las paredes de los patios, atestiguan, solos, durante seis días de la semana, las glorias del monarca. Un día que me había dejado llevar por este espíritu de curiosidad, un viejo moabita sin duda, me contó de esta manera la dispersión de los hijos de Noé, del cual él hacía un hombre de la raza negra, y padre del género humano.

Por consiguiente el primer hombre nació negro. Fueron tres sus hijos, quienes eran negros como su padre. El patriarca, viendo llegado su fin, reunió a su progenitura y dijo: Los tres hermanos se consultaron y el mayor, Cam probablemente, se decidió a vivir bajo la misma forma y con la misma ropa que su padre.

Esta simple loción bastó para cambiar en ocre el negro de ébano de su piel. Viendo eso Cam, interrumpiendo su queja, se precipitó de un salto sobre los pies y las manos, al fondo de la cisterna, y se consumió en esfuerzos por beber una gota del agua mirífica.

Así Cam exhalaba su dolor, que parecía recrudecerse cada vez que su mirada lastimosa se detenía sobre la escasa superficie que la humedad de la tierra acababa de blanquear. Sumido en esa inefable melancolía, que un ilustre escritor llama: Las iglesias tienen casi todas dos campanarios ligados a una fachada de la que el frontis, en segmento de círculo, corona la entrada principal.

A menudo, un embadurnado multicolor de matices vivos, los cubre por entero. Otros conservan su color natural y su aspecto no difiere entonces de nuestras construcciones. La piedra, sin embargo, sólo es empleada entre los materiales de construcción en los lugares donde es indispensable.

Armaduras y carrizos forman el esqueleto de esas altas murallas que, gracias a su extrema ligereza y a la íntima ligazón de sus partes, puede resistir victoriosamente -algunas veces- las terribles sacudidas de la tierra. El convento de San Francisco posee una iglesia, dos capillas y varios claustros construídos unos en el estilo morisco, otros en el Renacimiento.

Tan espacioso es que podría construirse una ciudad en su recinto. La fachada de la iglesia principal es un conjunto de estatuitas y de molduras cuyo aspecto general bastante pesado, sin ser por eso desagradable a la vista: Uno de los altares tiene esta particularidad: Los negros tienen, por eso, al altar una gran veneración porque ellos dicen que arrodillados en sus gradas no tienen que temer la parcialidad del santo encargado de transmitir sus oraciones al Padre Eterno.

Esa capilla fue llamada del Milagro porque la madona de piedra que ornaba su fachada, y que con las manos juntas rezaba desde hace un siglo por los vivos, dio vuelta alrededor de sí misma durante el temblor del 16 de noviembre de , extendió hacia el altar sus manos suplicantes y pareció conjurar la cólera del Señor pidiendo su misericordia para la ciudad.

Entre esas tradiciones populares hay una que es consagrada por una singular costumbre. Peregrinos, oraciones, ofrendas abundaron enseguida en su iglesia; se instituyeron fiestas en su nombre y se decidió que se celebraran en Quito, que durarían ocho días por año, y que la Virgen, llevada en procesión hasta la catedral de la ciudad, quedaría ahí expuesta durante los ocho días designados para la fiesta, para el homenaje de los fieles. No es eso todo.

Era necesario que el cortejo desplegara una pompa, una magnificencia insólita. Para llegar a ese punto, se pensó en la guarnición de la ciudad, en la banda militar y en los medios que tenían a su disposición pero era necesario un permiso especial del Rey; sólo la fiesta del Corpus había tenido hasta entonces el privilegio de aumentar su brillo con el concurso de la fuerza armada.

Los habitantes de Quito dirigieron una solicitud al Escorial. La concesión real fue inmediata y completa: Tomaba gustoso al convento de San Francisco, como meta de mis paseos matinales; buscaba ahí un refugio contra las agitaciones de la ciudad y un abrigo contra los tropicales ardores del sol.

Dos hileras de galerías superpuestas encuadran ese patio transformado en jardín inglés y dominado por los dos pesados campanarios gemelos de la iglesia. Una serie de cuadros sacados de la vida de San Francisco, adornan la parte superior de las galerías, que desembocan en corredores extrañamente alumbrados o se pierden en misteriosas profundidades.

Una reja de madera torneada, cierra las arcadas de la parte inferior y pone el jardín al resguardo de las depredaciones de los jóvenes novicios y del vandalismo de los empleados subalternos.

El genio familiar de ese pequeño mundo, era, en la época de mi estada en Lima, un anciano tan dulce y tan inofensivo, como se puede ser, cuando se ha pasado toda la vida entre tan inocentes cosas. Aprovechaba ampliamente del permiso que me era concedido. El buen anciano se complacía en enseñarme todas las riquezas de su humilde imperio: Los nombres españoles, con los que él bautizaba a las flores, sus hijas muy queridas, no me impedían reconocer en sus anchas macetas, a los claveles, las balsaminas, el tomillo, el toronjil, las malvas de olor, la flor de sol, tan querida de los incas, y las rosas sobre todo que hacen pensar en la dolorosa exclamación del poeta Quintana:.

Iba sin embargo a proseguir mi ascensión, cuando de repente el franciscano se puso a hacerme gestos y muecas. No era nada de eso; ese extraño personaje era simplemente masón, quien esperando encontrar en mí un hermano, ensayaba esos gestos, para provocar en mí un reconocimiento. Me hizo visitar, en el fondo del convento una capilla oscura y severa; pinturas de bastante dimensión y mediocres en su mayor parte, ocupaban su círculo.

Llaman a esa capilla, de los Ejercicios , porque se parece a un lugar especialmente visitado por los limeños que quieren, durante el año, consagrar un tiempo al retiro y a los ejercicios religiosos.

Las celdas puestas a la disposición de los penitentes voluntarios, tiene un mobiliario uniforme que se compone de una cama de cincha, una mesa y una silla. En la cabecera de la cama se encuentra un crucifijo de madera; sobre la mesa, una calavera cubierta de inscripciones: Este recinto conducía al Panteón del convento.

Varios de esos nichos habían sido abiertos, no sé con qué fin. Era la expresión consagrada. Hay que decirlo, para loa de las órdenes religiosas, que si los abusos a los cuales ellos deben su prosperidad, van extinguiéndose, día a día; las buenas tradiciones, se conservan ahí, a pesar de la miseria.

Aquí, por ejemplo, se distribuye varias veces por semana víveres, para los indigentes y ciertos pobres vergonzantes, que son siempre admitidos en el refectorio, donde comparten la modesta comida de los monjes. San Pedro es notable, sobre todo por sus altares: Uno de esos altares ha conservado el color de su madera, se le considera como una obra maestra de la carpintería.

A lo largo de la nave, banderolas de telas livianas y de diferentes colores, colgando de la bóveda, entrecruzan simétricamente sus festones y se elevan o bajan al menor soplo del aire. Una Santa Gertrudis y una Santa Teresa, en bastante mal estado, pero notables sobre todo por la manera como fueron comprendidas y expresadas las individualidades de las dos santas, nos parecen obras de valor.

Esta iglesia pertenece al convento de San Felipe de Neri y se comunica con su claustro principal. Jarrones de arcilla llenos de claveles y de albahaca separan las arcadas de la galería inferior. El convento, considerado demasiado vasto, ha sido separado en dos partes, de las cuales una, actualmente dedicada al museo y a la biblioteca de la ciudad, se abre hacia la calle de los Estudios. Esos rostros aceitunados o descoloridos, esas miradas severas o preocupadas, esas narices como picos de aves de rapiña; esos labios delgados, esos vestidos negros dan a la mayoría de ellos todo el inquietante aspecto del tirano o del inquisidor de melodrama.

La cabeza de Pizarro, sobre todo, es el ideal de ese género. Sólo el príncipe de Esquilache en traje de guerra y dos o tres obispos en birrete y muceta, rompen esa monotonía; pero el marqués de Villa García, llegado de España con todas las modas de la corte de Luis XIV que bajo Felipe V acababa de atravesar los Pirineos, ostenta en su cuadro un espléndido ropaje recamado de bordados.

Se ven bien dos potes esféricos, adornados con relieves groseros y comunicados entre sí por un pequeño tubo. En resumen, el español se enamoró de la hija del jefe, la desposó y vivió cerca de sus suegros durante varios años sin que una sola nube viniera a alterar sus relaciones. El indio, sintiéndose enfermo, llamó un día a su yerno: La hora de la recompensa ha llegado: Luego, llamando a su hija, pronunció en voz baja algunas palabras. Ésta fue entonces hacia su marido, le tomó por la mano, le condujo sobre un montículo de la vecindad y le indicó un punto de la tierra en el que debía cavar.

El primer cuidado del español hecho rico, fue el de librar del diezmo real mediante una fuerte suma, a los habitantes del pobre caserío donde vivía; generoso comienzo que llenó de alegría el corazón del viejo cacique, haciéndole comprender que un cambio tan brusco de fortuna, no tendría ninguna influencia perniciosa en las cualidades de su yerno.

Por segunda vez el cacique cayó enfermo y sintiendo aproximarse la muerte llamó de nuevo a su yerno y con voz casi apagada, le hizo esta confidencia de las Mil y Una Noches: Nadie desde entonces, ha descubierto la huaca de la que él quería hablar; se perdieron en conjeturas de toda clase; se intentaron excavaciones en una colina de arena, que, vecina a Trujillo, parece ser obra de los hombres; pero los trabajos dirigidos sin inteligencia se vieron paralizados por los hundimientos.

Otro convento de Lima, Santo Domingo, me ofrecía también un curioso tema de estudio. El altar de Nuestra Señora del Rosario era hasta hace pocos años, una maravilla.

Si el santo ha sufrido el martirio, se vuelve horroroso pues su suplicio no dejaría de ser reproducido con esa realidad brutal que caracteriza el arte español.

Clemente IX estaba lejos de compartir esa confianza, si se puede creer en las palabras que se le atribuyen: A su lado se ve, las alas abiertas, la cabellera ligeramente levantada por el aire, el pie rozando apenas el suelo, un querubín en actitud llena de dulce melancolía; su mano levanta con una duda piadosa, delicada, temerosa, una colgadura que velaba el rostro de la virgen: Sobre una aspereza de la roca, a la altura del rostro, descansa una rama rota en la que se abre una rosa irreprochable.

El alma inmaculada de la santa y el suave perfume de la flor, suben juntos hacia el cielo, a la mitad de su existencia; las dos han vivido su vida, la vida de las rosas. La iglesia estaba desierta, la ocasión favorable, y con la ayuda de una banquita llegué a contemplar de cerca esa deliciosa composición. En plena observación, me sentí tocado en el brazo y escuché al mismo tiempo, una voz que decía: Tomé el croquis y puse los ojos en él: Nunca es demasiado, en países extranjeros, el cuidado que debe tenerse con compatriotas desconocidos; pero cuando alguno se presenta bajo auspicios tales como la cortesía, la distinción y el talento, se puede correr el riesgo de modificar los principios de circunspección.

Salté pues al suelo y entré en conversación con aquél; no tuve luego, por cierto, lugar a arrepentirme. Mi nueva relación, tenía una de esas caras que piden atención e inspiran confianza.

Tenía la mirada espiritual y ligeramente irónica, era esbelto pero, un poco encorvado, como las gentes que viven a caballo y por cierto que se le habría tomado a primera vista, por un oficial de caballería y no por un artista. A partir de ese momento, yo tenía la ventaja. Así es que cuando él me tendió la mano, me pareció que apretaba la de un viejo amigo. De regreso a Lima, era al convento, donde él venía desde por la mañana a buscar sus primeras impresiones. Continuamos juntos el paseo comenzado.

En cada una de las gradas, se vuelve a encontrar a la misma mujer, con transformaciones sucesivas que la edad opera en sus formas y en sus tendencias. El artista, como se ve, fija en un siglo la duración de la vida humana: Dejando los claustros, mi compañero, me invitó a visitar el santuario de Santa Rosa, que depende del convento de Santo Domingo.

Bajamos, pues, dos cuadras de la misma calle y llegamos a la puerta del santuario. Ahí tropecé con una placa de fundación, sellada en los azulejos, y me detuve para leerla. Ella cuenta que los obreros ocupados en cavar los cimientos del santuario, fueron sofocados de repente por un violento olor a esencia de rosas que exhalaba ese punto de la tierra, donde, el día del nacimiento de la santa, como fue constatado después, se habían enterrado sus primeros pañales.

Al fin de la galería, nuestro guía nos introdujo en una celda, donde se encontraban ya cuatro personas que formaban un grupo muy interesante. Delante de él, estaban de pie, en todo el esplendor de los veinte años, dos jóvenes, dos hermanas sin duda, vestidas de raso negro y llevando sobre la cabeza, siguiendo la moda española, una mantilla de encaje que dejaba entrever el coral de una flor de granada.

La menor enlazaba con su brazo el talle de su hermana, y esa postura inclinada, imprimía a las líneas de su cuerpo ondulaciones llenas de suavidad y de gracia. Su rostro, nada hubiese tenido de notable si no fuera por dos grandes ojos negros, que en su admirable movilidad, parecían lanzar a diestra y siniestra, fugitivos fulgores. Una ama en traje de saya y manto, felizmente velada, pues tenía sin duda el físico del empleo, estaba sentada cerca de una ventana que iluminaba vivamente a las dos jóvenes; el espaldar elevado del sillón lanzaba su sombra sobre el monje.

Nos habíamos quedado a un lado, para no perturbar la conversación. La celda se oscureció. Me quedé acortado, pues en verdad, había olvidado el objeto de nuestra visita; felizmente mi compañero se acordó, y el padre Zea dio seguidamente órdenes para que un hermano nos guiase hacia las sagradas reliquias, de las que era él depositario. Su padre se apellidaba Flores, y su madre Oliva. Ella necesitaba un nombre que pudiera figurar con ventaja en ese ramillete familiar.

La voluntad divina se señaló en esa circunstancia. La Virgen le ordenó de viva voz, que llevara no solamente el nombre de Rosa, sino también el de Santa María. Fueron las primeras espinas de su vida.

La santa soportó los desgarramientos con resignación, y se obstinó en florecer en la soledad, en vista de las felicidades eternas. Un acontecimiento inesperado puso fin a sus indecisiones. Un día que la santa estaba rezando, una mariposa negra y blanca entró en su cuarto, se posó suavemente sobre su pecho y la sumió en un extraño éxtasis, del que ella salió con el pecho ornado con un corazón perfectamente dibujado. En cuanto a la mariposa, la buscó en vano, había desaparecido.

Sería superfluo enumerar todas las pruebas que Santa Rosa dio de sus relaciones con el cielo: Tuvieron la extraña idea de agujerear la imagen -felizmente bastante mediocre- para adornar las orejas, el cuello y las manos de la Virgen con zarcillos, collares y anillos de brillantes.

El narrador añadió ingenuamente, que desde entonces se había creído, por castidad, no dejar al descubierto sino una parte del seno de la Virgen. En efecto, la pintura del ropaje añadida, es de una época posterior a la del milagroso cuadro. A los dos lados del altar se ven los dos peronés de Santa Rosa, que forman los tallos de dos flores de oro, abiertas.

Dos o tres cuadros encajados en el maderamen del altar, contienen lo siguiente: Se tomó esa precaución contra las devotas raterías que amenazaban desvalijar el santuario. Sobre uno de los muros, notamos un fresco representando a la santa en oración, y cerca de ella a un elegante caballero con talante de conquistador, que llevaba el traje del tiempo de Felipe II. Preguntamos a nuestro guía por la explicación de esa pintura, y he aquí tal como nos la dio:.

Todas esas monadas, se estrellaban contra la fuerza espiritual de Rosa, que flagelaba con menospreciables burlas la bajeza y la cobardía de sus mortales enemigos. El demonio entonces, reconociendo la impotencia de los medios puestos en acción, recurrió a otras armas: Pero esa huida, no le pareció apropiada para confundir al tentador todo lo que ella deseaba; se detuvo entonces en la puerta de su oratorio, cogió una cadena de fierro, y se golpeó con ella tan cruelmente, que el demonio mismo quedó consternado.

Satisfecha nuestra curiosidad, dejamos ese religioso museo y entramos en la celda del padre Zea. Salimos del claustro, un instante después, llevando los votos de felicidad y las bendiciones del venerable anciano. Me detuve todo un día delante de un confesionario. El rostro del dominico, reflejaba las impresiones de una conciencia que titubea en transigir con el pecado.

Era por lo tanto, el caso de dispensar tesoros de indulgencias, pues esa adorable pecadora, debía ser, seguramente, de las que encuentran sin cesar sobre su camino, esas fatales manzanas de oro que el demonio se complace en tirar por ahí, como si quisiera probarse así, de tiempo en tiempo, que no ha envejecido. Cerca del confesionario, otra joven, completamente caída sobre las losetas, esperaba su turno, y hacía una cantidad de cruces sobre su rostro. La falta de sillas en el lugar santo, obliga a cada mujer a traer con ella, un cuadrado de tapicería, o una pequeña alfombra bordeada que les sirve para arrodillarse o sentarse.

Pero, al momento la fatiga que resulta del contacto casi inmediato con la loseta, las obliga a buscar una postura menos hostil a la delicadeza de sus miembros; de allí nacen actitudes deliciosas, y que creemos naturales, pues, hay que decirlo, la devoción de las limeñas nos parece exenta de coquetería.

El incienso, los himnos sagrados, los suspiros del órgano, suben con las plegarias hacia el Señor y en varias iglesias, en la capilla del convento de San Francisco, sobre todo, los canarios y los jilgueros perdidos en el bosque de cristal de los candelabros unen sus trinos al canto grave de los monjes.

Las procesiones, en Lima, ofrecen también varias clases de interés. Aparte de la procesión de Santa Rosa, que siguen ordinariamente las mujeres, quienes han guarnecido sus sayas con guirnaldas de rosas blancas y rojas, pareciendo celebrar la llegada de la primavera, la fiesta del Corpus, resume todas las ceremonias del mismo género. El estrepitoso vuelo de los repiques; el extraño retintín, que ejecutan los niños en los campanarios, golpeando sobre las campanas; el tronar de la artillería, las fanfarrias militares, saludan la aparición del Santísimo en el pórtico principal de la Catedral.

Inmediatamente después, andaba al medio de su brillante Estado Mayor, seguido por los diferentes cuerpos del Estado, el Director Supremo, Vivanco, la cabeza descubierta y un cirio en la mano. Charreteras cuyas largas torzadas sic flotantes bajaban casi hasta el codo, una ancha cinta roja atravesada al medio por un ribete blanco, que se lleva al cuello como el Gran Cordón de la Legión de Honor, y que se llama la Banda , eran las insignias de su grado y de su dignidad accidental.

Enseguida venían en olas apretadas las diferentes categorías de negros y de indios, y las cofradías de esclavos portando estandartes y pendones cargados de emblemas extraños y misteriosos.

Varios de sus miembros cantando y bailando, haciendo tronar tambores, estremecer cascabeles, charlar castañuelas. Sobre todo, son los cuadros, los que hacían el lujo de las casas consagradas al culto. Otro cuadro representando la Huida a Egipto, nos parece de estilo demasiado severo para ser de él.

La iglesia de los Desamparados, posee también un Murillo: Se les encuentra en casi todos los monasterios y en casas de diferentes familias limeñas Los cuadros de maestros italianos de segundo orden, son también ahí, muy numerosos, particularmente los de Bassano y los de Lucas Giordano, ejecutados sin duda durante la estadía que ambos tuvieron en España, donde ellos trabajaron para el Escorial. Italia también los ha exportado directamente.

Casi no se pueden apreciar las telas, que colocadas de plano, adornan hasta una gran altura, las pilastras y los muros de esa misma iglesia de San Pedro: La regla de los conventos, de acuerdo con el gusto nacional, multiplicaba a los pintores, las ocasiones de presentarse. Los monasterios ostentaban ordinariamente, sobre los muros de su claustro principal, la historia de sus patronos conventuales. Entre esas telas cuya ejecución se remonta a fines del siglo diecisiete, y mediados del dieciocho, no se encuentra casi nada que sea digno de ser admirado; no obstante, a despecho de la depravación del gusto y de la incorrección del dibujo, se podría realzar una especie de talento de escenario, en la serie de cuadros que reproducen la vida de San Francisco, Santo Domingo, San Pedro Nolasco, y San Felipe Neri.

La indiferencia de los monjes para esos interesantes restos, su apatía, su ignorancia y su pobreza actual, hace que les sea imposible preservar del deterioro a los cuadros expuestos en sus claustros.

Sería de desear que se reunieran en un museo esas obras así esparcidas; pues a pesar de sus pocos méritos, restaurados y convenientemente expuestos, ellas podrían tal vez concurrir a dirigir los ensayos de los jóvenes artistas.

Ignacio Merino, discípulo de M. El colorido nos parece ser el mérito menos discutido de sus producciones. La vista constante de esos numerosos cuadros no podía permanecer estéril, en un pueblo cuyo gusto y aptitud para diferentes trabajos de arte llenos de delicadeza, se habían manifestado ya, desde la época de la Conquista. Es sin duda, del examen de esos modelos, que sacan un vivo sentimiento de la pintura, algunos valientes obreros del Cuzco y Chuquisaca, ocupados sin tregua en reproducir, melancólicamente, la imagen de sus antiguos jefes incas.

Siempre una docena de figuras, dispuestas irreprochablemente sobre una misma tela, con el orden de un tablero de ajedrez: Hemos tenido ante los ojos varias de esas figuras, convenientemente concebidas y agradablemente pintadas; pero lo que las caracteriza sobre todo, es una expresión de tristeza y desaliento que oprime el corazón. Esos indios celosos y pacientes, son de esa manera, en la actualidad, los representantes de la pintura nacional.

Desgraciadamente el clero peruano se obstina aquí, en hacer desaparecer bajo espesas capas de barniz todo el acabado del trabajo. Hijos de la paz, hubieron de sentir cruelmente la influencia de las agitaciones revolucionarias. Que venga pues, un poder sólido que dé a los pintores las comodidades que les deseamos. Veremos sin duda, a muchos jóvenes limeños que hoy día estudian en Francia, regresar a su ciudad natal y reanudar ahí, la cadena de tradiciones, que parecen designar a Lima como la cuna del arte americano Es allí, en fin que la elegante flexibilidad del andar, la gracia sin igual del porte, de las actitudes, de los gestos, se unen a todo lo que la mirada tiene de tierno magnetismo, y la palabra de cariñosa eufonía, para perpetuar ese encantador dicho peruano que caracteriza a las limeñas: Durante nuestra estadía en la capital peruana, fuimos testigos en la Plaza Mayor, de algunas extrañas escenas, que nos enseñaron en un día poco favorable, la vida política del país.

Desde la época en que el presidente Gamarra había expiado sobre el campo de batalla de Ingavi, su desastrosa tentativa contra Bolivia; Torrico, La Fuente y Vidal, se habían disputado el poder, que había terminado por caer en manos del general Vivanco. Vivanco decidido a sofocar con una enérgica represión las tramas que le amenazaban, hizo arrestar a todas las personas que fueron señaladas como hostiles a su gobierno. La ejecución de ese desgraciado, ha quedado en mi memoria como un rasgo de esas costumbres tan extrañamente mezcladas de dolor y de crueldad que ya había podido observar en toda su impetuosa libertad, en la Plaza de Acho.

La casualidad nos había llevado a la Plaza Mayor, el día que debí ser ejecutada la sentencia dictada contra el buhonero, tan tristemente abandonado por los que lo habían comprometido. El pueblo afluía ahí, de una manera desacostumbrada, y se formaban por todas partes grupos compactos. Eso se ha visto, pero es toda la culpa de las víctimas, pues nadie ignora que se tira del lado del Arzobispado.

Él dio algunos pasos y nos enseñó una muralla cuyo yeso, mostraba en efecto, los rastros innegables de las ejecuciones precedentes. De repente, en un grupo vecino en el que la conversación parecía muy animada, un hombre interrumpió, al oír sonar el reloj de la Catedral:.

La conversación continuó entonces como si nada la hubiese interrumpido. Llegamos ahí al toque de las once. El cortejo, abierto y cerrado por un piquete de caballería, estaba ya en movimiento; a cada lado del condenado, una fila de soldados contenía a la muchedumbre apretujada y curiosa. Estaba en mangas de camisa y llevaba un ordinario pantalón listado; un viejo fieltro negro le cubría la cabeza; su estatura era alta; su andar seguro; y, fiel a sus gustos nacionales hasta el fin, ese hombre que iba a morir, fumaba un enorme cigarro.

Terminadas las oraciones, el toque de muerte cesaba de sonar en esa iglesia para recomenzar en la iglesia siguiente; el cortejo continuaba su marcha a través de la muchedumbre triste de curiosos que afluían por todas las calles, y llenando los pórticos, se arrodillaban y rezaban con el sentenciado; pero nadie lo seguía, porque después de haberlo visto, cada cual se apresuraba a regresar por las calles adyacentes, al lugar de la ejecución.

Esa formalidad duraba todavía cuando a la entrada de la Plaza se elevó un rumor repentino que anunciaba al sentenciado. Se le iba pues, a fusilar en medio de la muchedumbre, sin preocuparse mayormente de los que pasarían tras de él. Parecían esperar un instante, que la clemencia del poder intervendría, y nuestras miradas interrogaron a la galería durante un minuto de dolorosa espera.

Todo estaba dicho, comprendimos que la ley seguiría su curso, y nuestras miradas se voltearon nuevamente al condenado, cuyas febriles alternativas de esperanza y desaliento, no habían alterado en nada su calma y orgullosa actitud. Desviamos entonces los ojos de esos tristes preparativos y los dirigimos sobre la muchedumbre de los alrededores. El cuello extendido, la mirada huraña, los labios trémulos, y sin voz, muchas tapadas cuyas pequeñas manos blancas, sin fuerza sin duda para cruzar su manto, dejaban al descubierto un rostro joven en el que se pintaba una mezcla de curiosidad y de terror.

Una descarga de fusilería, que hizo saltar el corazón a todos, nos anunció que la sentencia acababa de ser ejecutada. Sin embargo, solamente el ruido de una segunda descarga de fusilería, vino a detener a los fugitivos, y pudimos regresar al lugar de la ejecución. Por fin, se aproximaron algunos soldados, cerca del mutilado y le dieron el golpe de gracia. En una de esas descargas voluntarias, un individuo que nos pareció ser un oficial y que sin duda había olvidado que no se pasaba del lado del Arzobispado, acababa de ser gravemente herido; los soldados que lo llevaban todo ensangrentado, le reprochaban con vehemencia, el haberse metido de aquel lado.

Los fieles pudieron entonces venir a echar agua bendita sobre el ajusticiado y depositar una ofrenda en su sombrero, en el que se podía leer una inscripción previamente escrita, solicitando limosnas, que, afirmaba, servirían para pagar oraciones por el descanso de su alma. Los acontecimientos políticos debían ofrecernos luego, en el mismo lugar, episodios menos terribles. Una calma de algunos meses, había seguido a la ejecución del buhonero.

Lima comenzaba a esperar que el poder establecido, tomara por fin serias raíces. La administración tuvo también su turno; magistrados ímprobos e incapaces fueron revocados, y severas advertencias vinieron a inquietar a diferentes funcionarios sospechosos. En cuanto fueron conocidos en Lima, esos sucesos, se manifestó una extrema agitación, y no se podía dudar, viendo el entusiasmo con que se preparaban a rechazar al enemigo, del calor de las simpatías consagradas a Vivanco.

Los ciudadanos corrían a inscribirse en los alistamientos de voluntarios. Se organizó la resistencia en los puntos amenazados y débiles y se levantó barricadas en las entradas principales de la ciudad, protegidas por la artillería. No obstante, era un placer ver qué importancia parecían dar a esos medios ilusorios. Ese ardor guerrero bastante burlesco, esos preparativos bastante insignificantes, vistos de cerca, tuvieron por lo tanto, como buen resultado, el que ellos llegaran al campo enemigo, con gigantescas proporciones.

Debemos añadir, para ser justos, que esa retirada fue atribuida a un motivo laudable. La repugnancia -dicen- del General a ensangrentar las calles de la capital. Sin embargo, el partido de Castilla, por haber aplazado su ataque decisivo, no se volvió menos temible. El Director Supremo, recibía comunicaciones tan inquietantes sobre sus progresos, que decidió a oponerle una división cuyo mando confió a uno de sus generales. Éste, habiéndose puesto en campaña, alcanzó al enemigo; pero en un momento en el que había tenido la imprudencia de dejar a sus hombres romper filas y descansar sus armas para ir a saciar su sed en un barranco, éstos fueron envueltos de improviso y hecho prisioneros, casi en masa.

Con la noticia de ese fracaso, Vivanco resolvió ir en persona a combatir la insurrección: La estación lluviosa, retrasó enormemente la acción definitiva entre los partidos hostiles, tanto, que el ridículo se apoderó de la situación, y se acusaba con gracia a los dos jefes, de extremarse en marchas y contramarchas ingeniosas, a fin de evitar encontrarse. Esa presidencia que Vivanco quería guardar, que Castilla quería tomar, fue un buen día, confiscada de la manera siguiente, por un tercer personaje, que no era otro que el prefecto Domingo Elías.

La ciudad parecía en la atonía, los campanarios estaban silenciosos; la población, sin el menor pretexto para enfrentar el sol del mediodía, se resignaba a pasar en la sombra las horas tórridas, que en las zonas tropicales no achicharran -si se cree a un impertinente dicho- a los perros, los negros y los viajeros franceses.

En medio de la Gran Plaza, los aguadores, renovaban en la fuente, la carga líquida de sus mulas y se iban, haciendo sonar sus campanillas. La atmósfera cargada de fluídos enervantes, que convidaban a las sombras y a los tranquilos ocios de la vida ordinaria. Veinte o treinta soldados seguían en orden a manera de escolta.

Atravesamos un patio, subimos una escalera y entramos en una galería a la extremidad de la cual se encontraba una entrada. Elías, tomó lugar ahí, a su alrededor estaban algunos individuos funcionarios importantes sin duda.

Nos debatimos luego para salir de la muchedumbre y conseguimos encontrar un lugar, sobre la grada de un banquillo, que guarnecía el rededor del departamento.

A esa altura, pudimos dominar a la concurrencia, que de repente había llenado el recinto. Por fin, Elías tomó la palabra, todas las miradas se volvieron hacia el estrado, y el silencio se restableció poco a poco. El discurso de Elías, no provocó el menor rumor, la menor protesta en esa ciudad que pocos meses antes nos parecía tan consagrada a Vivanco. Nadie parecía ocuparse de ello.

La ciudad continuó gozando de una tranquilidad perfecta; las tapadas rozaban como de costumbre el empedrado de los portales; los gallinazos, posados sobre las azoteas, miraban impasiblemente desfilar a los soldados; el pueblo continuaba con indiferencia su ruda labor. En cuanto a los espíritus ligeros, se repetían hasta la envidia: Cada nuevo hecho de armas favorable a la Revolución, era acogido como una victoria nacional. El nombre del libertador Bolívar, estaba en todas las bocas, y ese corifeo de la noble causa americana, se vio en posesión de esa popularidad, que entre nosotros acapara la moda y se vierte en retratos sobre pañuelos de seda y sobre las tabaqueras.

Por esa época, en Francia, algunos espíritus justos, pero a los que se les calificaba de atrasados, viejos políticos del sentimentalismo de Albión, vislumbraban una verdad: Canning, se conciliaba, por una de esas felices casualidades, con el mercantilismo de la nación. Después de la batalla de Ayacucho, ganada por Bolívar y el general Sucre, al ver caer en América la bandera española, lanzaron grandes exclamaciones y miles de esperanzas se elevaron junto con esos jóvenes republicanos, cuya frente coronada de estrellas, brillaba en el cielo de la libertad.

Treinta años han transcurrido desde la emancipación de las colonias del yugo de España, y por todas partes ha reinado la anarquía, y ha aumentado el desorden, excepto en un país colocado en medio de circunstancias excepcionales. Es necesario decirlo claramente, los hispano-americanos tienen, a semejanza de los españoles, la falta de un serio genio político. La verdad es que examinando bien el estado antiguo y moderno de ese país, se sorprende uno de su desorden tan continuo; es tal vez ahí un mal incurable, mezclado a todo lo que se revela de extraordinario, de encantador y de heroico en la raza española.

A menudo, me he preguntado, si el descubrimiento prematuro de la América, no ha sido una calamidad, y si llevado a cabo hoy día, no despertaría tanto entusiasmo como antaño, sin todas las barbaridades de los primeros conquistadores. En efecto, es una desgracia que nada compensa, nada; ni siquiera las riquezas esparcidas por Europa, ante esa inmensa pérdida de la antigua sociedad americana, desaparecida bajo el hierro y el fuego de los españoles. En realidad, hoy día, no se siente sino una triste decepción a la vista de ese nuevo mundo malogrado por los héroes o los aventureros de Europa Sólo la naturaleza ha quedado grande; deja silenciosamente vegetar sus selvas, correr sus ríos inmensos y subir hasta el cielo el pico de sus cordilleras Apelando a la confusión histórica de considerar que adoran al diablo, los yihadistas los han puesto en su mirilla.

Ashti es una joven yazidí que asiste al horror lejos de la región de la que su familia migró hace años. Temo que los islamistas radicales acaben con los yazidíes", lamenta. La ONU, que prepara corredores humanitarios, informa de que al menos 40 niños han muerto por deshidratación. Esta mañana [por ayer] llegaron 6. También leche infantil y algo que haga de cobijo. Pedimos cualquier tipo de colaboración también a España", clama. Testigos de lo ocurrido en Sinyar, no verificables independientemente por la imposibilidad de acceder a los dominios del IS, acusan a los fundamentalistas de violar y secuestrar a cientos de mujeres.

El pueblo yazidí ha habitado en Sinyar y zonas aledañas desde tiempos inmemoriales , donde se dio a conocer como un pueblo guerrero. Los yazidíes son generalmente de etnia kurda. Su cosmogonía se remonta a la antigua Babilonia.

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La alarma felizmente, no tenía nada de seria. Disipada la primera sorpresa, comenzaron a recobrarse; la calma se restableció en la parte de la Plaza que había quedado intacta; sólo el teatro del siniestro conservaba una fisonomía llena de dolorosa agitación. El mal, por grande que pudo ser, estaba sin embargo lejos del nivel de la impresión sentida; veinte o treinta pies del techo se habían hundido, primero con lentitud, dejando rodar sobre la pared una avalancha humana.

Gracias a la rapidez con que los socorrieron, se llegó a restablecer el orden; los heridos fueron transportados fuera del coso; los espectadores asustados se tranquilizaron, y millares de voces se pusieron luego a gritar: Hubiera sido tal vez imprudente resistir a la voluntad de esa muchedumbre exaltada hasta la furia: Salió, pero dando la orden de continuar la fiesta.

Pronto se olvidó el deplorable intermedio y la corrida recuperó su entusiasmo. Se produjeron algunas proezas de un nuevo estilo, destinadas a sostener y reanimar el interés. Se vio por ejemplo, a un niño de siete años manejar un caballo impetuoso, y, con la habilidad y sangre fría de un capeador consumado, evitar varias veces a un toro furioso.

Fue remplazado luego, por un joven colombiano, que se aventó sobre un toro ensillado de antemano y suelto en la arena. En el momento culminante de ese ejercicio endiablado, como el jinete lanzaba a manos llenas, flores que sacaba de una canasta, se volteó hacia nosotros y creímos que vomitaba sangre: Su canasta una vez vacía, la cambió por una guitarra de la que hacía vibrar las cuerdas; y coronó sus excentricidades, picando con destreza, a pesar de las dificultades de la situación, una banderilla de fuego en un segundo toro, que hacía su entrada en escena.

Dos hombres fueron gravemente heridos, varios caballos fueron puestos fuera de combate, y trece toros agonizaron bajo nuestros ojos. Regresé por las calles de la ciudad, agotado y presa de mil emociones; todo aparecía rojo ante mi vista deslumbrada, mis oídos, estaban llenos de rumores.

Toda la noche sentí, sin tregua, la formidable algazara de la Plaza, en medio de rayos y torrentes. Las riñas de gallos, comparten con las corridas de toros el privilegio de atraer a la población limeña. Cualquier individuo tiene el derecho de presentar un gallo, sobre el que funda sus esperanzas.

Los empresarios le ponen un adversario criado en el establecimiento. Todo esto, en presencia de los apostadores. Luego que se ha puesto una pareja de futuros atletas a la vista de la concurrencia, cada cual se esfuerza para designar al campeón, al que confía su fortuna. Durante esos aturdidores preliminares, no es raro ver negros sórdidos que sacan del bolsillo de un pantalón rotoso, un brillante puñado de onzas que puede ser considerado como el producto de una hazaña sobre la ruta del Callao.

Al fin, las apuestas se cierran: El primer choque es terrible: A veces, extenuados, se detienen, luego regresan al combate con una furia que parece excitar los epítetos y las exhortaciones de la galería. Uno de los gallos, cae por fin sobre el flanco: Es un edificio que no tiene ninguna apariencia exterior.

Se entra por una pequeña puerta abierta en una pared de yeso, coronada de noche por un farol; enseguida se atraviesa un patio, se sube una gradería que llega a alguna abertura practicada en una pesada albañilería en forma de horno de cal. Se atraviesa un corredor bastante mal alumbrado, pero lo suficientemente ancho para resguardar un vestido negro de las frociones sic calizas de las paredes, y se encuentra uno en la sala. La platea estaba dividida en asientos, medio siglo antes de que hayan introducido esa innovación en los teatros de Francia.

Asimismo, tan luego cae el telón, cada cual se apresura a encender su mechero. Una compañía nacional y otra italiana, aparecen una después de otra, en el escenario del coliseo. Nuestros dramas y zarzuelas francesas no se presentan ahí sino doblemente alterados: Esos burlescos héroes se mueven con muchas muecas y carcajadas que encuentran eco entre la gente de medio pelo del auditorio.

Sus dudas no persistieron después del éxito de la primera representación. Lo mejor de la sociedad ocupaba los palcos; y las mujeres se presentaban con el rostro descubierto, vestidas a la francesa con un esmero lleno de gusto y de distinción.

En la sala del coliseo, a las presentaciones de las líricas, no se advertía una mujer entre doce a la que se pudiera negar sin severidad el epíteto de bonita. El Coliseo es sobre todo la cita de la aristocracia: Son esas diferentes categorías de gentes de color, que los descendientes de los conquistadores, envuelven con desdén en esa calificación: No pretendo describir las costumbres de la gente de medio pelo, ni de los negros, no habiendo estado en el caso de estudiar tan seriamente su vida íntima; pero ensayaré el hacer compartir al lector la impresión que he recibido de sus extrañas costumbres, cuando me fue dado encontrarlos en los diferentes escenarios de sus trabajos y diversiones.

Entre la gente de medio pelo , se distingue sobre todo, el cholo , hijo del indio y del blanco; y el zambo , hijo del indio y del negro, en diferentes grados. Las gentes de color, viven en la Sierra, donde son mineros, pastores, agricultores y algunas veces, tejedores.

Los cholos se ocupan principalmente de la conducción de las mulas y llamas que transportan las mercaderías extranjeras y los géneros a través del país.

Cada odre, semeja entonces a un cono, cuyas extremidades terminan bruscamente en punta. Las balsas soportan pesos considerables, y su poco calado, les permite atravesar la resaca sin dificultad.

Iquique es un pequeño puerto peruano, situado al sur de Lima; la ciudad, sentada sobre una arena gris y fina, se destacaba apenas sobre el fondo ceniciento de los altos cerros que bordean el horizonte, hacia el este. Hacía un calor tórrido, y todo el paisaje parecía temblar, como si estuviese separado de mí, por un velo incandescente; también el guano que cubre con su manto de nieve las rocas negras de la ribera, formaba con esas tierras calcinadas un singular contraste.

La ciudad de Iquique estaba sumida en el estupor; un movimiento militar, había tenido lugar, y la rebelión había llevado a todos los hombres aptos para llevar armas. Una media docena de cholos, que un jefe de partido, desembarcado la víspera, había comprado a su causa, tenía su guarnición ahí. Así, la mancha de un ejército peruano, tiene todo el aspecto de esas tribus primitivas que van en busca de un nuevo territorio.

La escolta de las rabonas ya es una garantía contra la deserción. Desafortunadamente las dulzuras que aportan a la vida del campo, la compañía de las rabonas, no disminuye siempre el disgusto del soldado por el triste oficio que le imponen.

Un día de batalla, es sobre todo, favorable a sus designios. Luego que la fusilería se abre al lado del cañón como de costumbre el desorden se levanta en esas bandas indisciplinadas. El olor de la pólvora, casi no excita a los peruanos, y la heroica fiereza de la que hablan sus boletines, no los lleva nunca muy lejos. Muy diferentes a los pueblos adelantados, se preocupan mediocremente de fertilizar sus surcos con la sangre de sus enemigos; el guano les parece un abono infinitamente preferible.

El campo de batalla pertenece, de ordinario, al partido que tiene la audaz curiosidad de avanzar para ver si acaso los tiros han dado en el vacío. La animosidad de los combatientes, no es muy seria. La acción no es casi nunca mortal.

El abandono y la apatía que le son habituales, no se resisten a los platos condimentados, las bebidas fermentadas o espirituosas y al impulso de los bailes peruanos. Por el influjo de estos diversos incidentes, su fisonomía triste y resignada, cobra una expresión de alegría casi salvaje. Esta flor, a la que denominan amancaes ha dado su nombre a la fiesta. La turba se traslada, para cogerla, hacia un punto de la montaña en que de ordinario crece en gran abundancia.

Para llegar a ella, hay que atravesar una llanura cubierta de tiendas y de ranchos , de los que se escapa, mezclado al concierto burbujeante de las pailas y las cacerolas, el son de las guitarras y de los tambores. Cholos, zambos y negros, se detienen en la llanura. Cuando, a la puesta del sol, los jinetes de ambos sexos entran en la ciudad, rivalizando en proezas de equitación, los gozosos peregrinos, exhiben ufanamente el botín que han recogido sobre los cerros.

Cerca de la casa, y dominando la muralla elegantemente dentellada de un vasto recinto, se percibe, semejante a un arco de triunfo, una especie de pórtico cargado de ornamentaciones de estuco y unido a una serie de arcadas.

Ese monumento construido bajo el virreinato de Amat debía ser continuado con una alberca para el baño de mujeres. Tubos dispuestos con arte, debían conducir el agua de un depósito vecino, hacia diferentes puntos de la arquitectura, de donde cayendo en cascadas, vendría a llenar esa vasta piscina.

Mariquita, como buena limeña, tomó todo lo que se le ofrecía, y llenó la ciudad de los Reyes con su fausto insolente y con sus locas prodigalidades. Otra vez, sospechando entre los besos, que sus mulas favoritas no habían tenido sus provisiones acostumbradas, se erizó, de pronto, de feroces resistencias virtuosas e igualmente esta vez, Amat tuvo que ir a las caballerizas del Palacio, para controlar el servicio de los palafreneros Fue sin duda después de uno de esos fastidiosos paseos nocturnos, cuando el Virrey expresó su despecho bajo ese breve y injurioso epíteto: Pero la encantadora hubiera convertido el fierro en oro: Las fantasías todopoderosas de la favorita, tuvieron sin embargo, nobles y generosos móviles: Pero el demonio del orgullo, reponiéndole en el corazón, esa insaciable necesidad de brillo y ostentación, tan comunes a sus semejantes, ella se señalaba por nuevas excentricidades, en las que se convertía en cómplice, aquél que ella envolvía con una red de seducciones.

Pero su capricho, era esta vez, retumbante. Hizo bulla, y fue en la nobleza, un grito de indignación general. Una mestiza, una cholita, una hija de ese pueblo miserable, iba a tener la preferencia sobre la noble raza de sangre azul! Antes de sufrir semejante afrenta se hubieran quemado en auto de fe, blasones y pergaminos. Todo conspiró contra la Perricholi. La Inquisición misma, se asegura, se conmovió en su antro, y se ocupó del asunto de tal manera que el Virrey, inquieto, tuvo que disuadir a su voluntariosa querida.

Ésta aceptó transigir, pero con la condición de que ella asistiría a la ceremonia en una elegante calesa la que sería regalada para esa circunstancia.

El sentimiento cristiano que de tiempo en tiempo se despertaba, como se ve, en el alma de la Perricholi, debía luego, invadirla enteramente. Este fin ejemplar atenuó los errores de su vida. Son siempre las mismas caballeras lanudas, las mismas narices aplastadas, las mismas bocas toscas y avanzadas en hocico.

Sin embargo, lejos de haberse viciado, todo anuncia que su raza se ha fortalecido en el suelo de su esclavitud. Desde el punto de vista moral, la suma de sus virtudes no equilibra la de sus vicios. Por el contrario, los que habitan en las ciudades, y viven bajo la mirada del amo, se vuelven siempre afables, honrados y fieles. Esos cambios se deben sin duda a la mansedumbre con la que los peruanos, en general, tratan a sus esclavos. Una casa limeña, no es en cierto modo, sino la tienda de Abraham o de Jacob solidificada.

El plazo en que debe de proveerse, es de tres días; pasado ese plazo, sufre nuevamente la autoridad de su amo legal. Esta ley tan sabia, ha dado lugar a asambleas de esclavos llamadas cofradías. Se vuelve entonces, esclavo de la Cofradía, hasta que pueda liberarse de ella. Uno puede convencerse visitando las cofradías en día domingo. Durante ese día, dedicado al descanso por la religión, los esclavos aprovechan las horas de ocio que les deja el amo para borrar de su mente las tristezas y los fastidios de la vida real y dedicarse por entero a los recuerdos y a los sueños ilusorios.

Frescos groseramente pintados en las paredes de los patios, atestiguan, solos, durante seis días de la semana, las glorias del monarca. Un día que me había dejado llevar por este espíritu de curiosidad, un viejo moabita sin duda, me contó de esta manera la dispersión de los hijos de Noé, del cual él hacía un hombre de la raza negra, y padre del género humano. Por consiguiente el primer hombre nació negro.

Fueron tres sus hijos, quienes eran negros como su padre. El patriarca, viendo llegado su fin, reunió a su progenitura y dijo: Los tres hermanos se consultaron y el mayor, Cam probablemente, se decidió a vivir bajo la misma forma y con la misma ropa que su padre. Esta simple loción bastó para cambiar en ocre el negro de ébano de su piel. Viendo eso Cam, interrumpiendo su queja, se precipitó de un salto sobre los pies y las manos, al fondo de la cisterna, y se consumió en esfuerzos por beber una gota del agua mirífica.

Así Cam exhalaba su dolor, que parecía recrudecerse cada vez que su mirada lastimosa se detenía sobre la escasa superficie que la humedad de la tierra acababa de blanquear. Sumido en esa inefable melancolía, que un ilustre escritor llama: Las iglesias tienen casi todas dos campanarios ligados a una fachada de la que el frontis, en segmento de círculo, corona la entrada principal.

A menudo, un embadurnado multicolor de matices vivos, los cubre por entero. Otros conservan su color natural y su aspecto no difiere entonces de nuestras construcciones. La piedra, sin embargo, sólo es empleada entre los materiales de construcción en los lugares donde es indispensable. Armaduras y carrizos forman el esqueleto de esas altas murallas que, gracias a su extrema ligereza y a la íntima ligazón de sus partes, puede resistir victoriosamente -algunas veces- las terribles sacudidas de la tierra.

El convento de San Francisco posee una iglesia, dos capillas y varios claustros construídos unos en el estilo morisco, otros en el Renacimiento. Tan espacioso es que podría construirse una ciudad en su recinto. La fachada de la iglesia principal es un conjunto de estatuitas y de molduras cuyo aspecto general bastante pesado, sin ser por eso desagradable a la vista: Uno de los altares tiene esta particularidad: Los negros tienen, por eso, al altar una gran veneración porque ellos dicen que arrodillados en sus gradas no tienen que temer la parcialidad del santo encargado de transmitir sus oraciones al Padre Eterno.

Esa capilla fue llamada del Milagro porque la madona de piedra que ornaba su fachada, y que con las manos juntas rezaba desde hace un siglo por los vivos, dio vuelta alrededor de sí misma durante el temblor del 16 de noviembre de , extendió hacia el altar sus manos suplicantes y pareció conjurar la cólera del Señor pidiendo su misericordia para la ciudad.

Entre esas tradiciones populares hay una que es consagrada por una singular costumbre. Peregrinos, oraciones, ofrendas abundaron enseguida en su iglesia; se instituyeron fiestas en su nombre y se decidió que se celebraran en Quito, que durarían ocho días por año, y que la Virgen, llevada en procesión hasta la catedral de la ciudad, quedaría ahí expuesta durante los ocho días designados para la fiesta, para el homenaje de los fieles.

No es eso todo. Era necesario que el cortejo desplegara una pompa, una magnificencia insólita. Para llegar a ese punto, se pensó en la guarnición de la ciudad, en la banda militar y en los medios que tenían a su disposición pero era necesario un permiso especial del Rey; sólo la fiesta del Corpus había tenido hasta entonces el privilegio de aumentar su brillo con el concurso de la fuerza armada.

Los habitantes de Quito dirigieron una solicitud al Escorial. La concesión real fue inmediata y completa: Tomaba gustoso al convento de San Francisco, como meta de mis paseos matinales; buscaba ahí un refugio contra las agitaciones de la ciudad y un abrigo contra los tropicales ardores del sol. Dos hileras de galerías superpuestas encuadran ese patio transformado en jardín inglés y dominado por los dos pesados campanarios gemelos de la iglesia.

Una serie de cuadros sacados de la vida de San Francisco, adornan la parte superior de las galerías, que desembocan en corredores extrañamente alumbrados o se pierden en misteriosas profundidades. Una reja de madera torneada, cierra las arcadas de la parte inferior y pone el jardín al resguardo de las depredaciones de los jóvenes novicios y del vandalismo de los empleados subalternos.

El genio familiar de ese pequeño mundo, era, en la época de mi estada en Lima, un anciano tan dulce y tan inofensivo, como se puede ser, cuando se ha pasado toda la vida entre tan inocentes cosas. Aprovechaba ampliamente del permiso que me era concedido. El buen anciano se complacía en enseñarme todas las riquezas de su humilde imperio: Los nombres españoles, con los que él bautizaba a las flores, sus hijas muy queridas, no me impedían reconocer en sus anchas macetas, a los claveles, las balsaminas, el tomillo, el toronjil, las malvas de olor, la flor de sol, tan querida de los incas, y las rosas sobre todo que hacen pensar en la dolorosa exclamación del poeta Quintana:.

Iba sin embargo a proseguir mi ascensión, cuando de repente el franciscano se puso a hacerme gestos y muecas. No era nada de eso; ese extraño personaje era simplemente masón, quien esperando encontrar en mí un hermano, ensayaba esos gestos, para provocar en mí un reconocimiento.

Me hizo visitar, en el fondo del convento una capilla oscura y severa; pinturas de bastante dimensión y mediocres en su mayor parte, ocupaban su círculo.

Llaman a esa capilla, de los Ejercicios , porque se parece a un lugar especialmente visitado por los limeños que quieren, durante el año, consagrar un tiempo al retiro y a los ejercicios religiosos. Las celdas puestas a la disposición de los penitentes voluntarios, tiene un mobiliario uniforme que se compone de una cama de cincha, una mesa y una silla.

En la cabecera de la cama se encuentra un crucifijo de madera; sobre la mesa, una calavera cubierta de inscripciones: Este recinto conducía al Panteón del convento. Varios de esos nichos habían sido abiertos, no sé con qué fin. Era la expresión consagrada. Hay que decirlo, para loa de las órdenes religiosas, que si los abusos a los cuales ellos deben su prosperidad, van extinguiéndose, día a día; las buenas tradiciones, se conservan ahí, a pesar de la miseria.

Aquí, por ejemplo, se distribuye varias veces por semana víveres, para los indigentes y ciertos pobres vergonzantes, que son siempre admitidos en el refectorio, donde comparten la modesta comida de los monjes.

San Pedro es notable, sobre todo por sus altares: Uno de esos altares ha conservado el color de su madera, se le considera como una obra maestra de la carpintería. A lo largo de la nave, banderolas de telas livianas y de diferentes colores, colgando de la bóveda, entrecruzan simétricamente sus festones y se elevan o bajan al menor soplo del aire. Una Santa Gertrudis y una Santa Teresa, en bastante mal estado, pero notables sobre todo por la manera como fueron comprendidas y expresadas las individualidades de las dos santas, nos parecen obras de valor.

Esta iglesia pertenece al convento de San Felipe de Neri y se comunica con su claustro principal. Jarrones de arcilla llenos de claveles y de albahaca separan las arcadas de la galería inferior.

El convento, considerado demasiado vasto, ha sido separado en dos partes, de las cuales una, actualmente dedicada al museo y a la biblioteca de la ciudad, se abre hacia la calle de los Estudios. Esos rostros aceitunados o descoloridos, esas miradas severas o preocupadas, esas narices como picos de aves de rapiña; esos labios delgados, esos vestidos negros dan a la mayoría de ellos todo el inquietante aspecto del tirano o del inquisidor de melodrama.

La cabeza de Pizarro, sobre todo, es el ideal de ese género. Sólo el príncipe de Esquilache en traje de guerra y dos o tres obispos en birrete y muceta, rompen esa monotonía; pero el marqués de Villa García, llegado de España con todas las modas de la corte de Luis XIV que bajo Felipe V acababa de atravesar los Pirineos, ostenta en su cuadro un espléndido ropaje recamado de bordados.

Se ven bien dos potes esféricos, adornados con relieves groseros y comunicados entre sí por un pequeño tubo. En resumen, el español se enamoró de la hija del jefe, la desposó y vivió cerca de sus suegros durante varios años sin que una sola nube viniera a alterar sus relaciones.

El indio, sintiéndose enfermo, llamó un día a su yerno: La hora de la recompensa ha llegado: Luego, llamando a su hija, pronunció en voz baja algunas palabras. Ésta fue entonces hacia su marido, le tomó por la mano, le condujo sobre un montículo de la vecindad y le indicó un punto de la tierra en el que debía cavar. El primer cuidado del español hecho rico, fue el de librar del diezmo real mediante una fuerte suma, a los habitantes del pobre caserío donde vivía; generoso comienzo que llenó de alegría el corazón del viejo cacique, haciéndole comprender que un cambio tan brusco de fortuna, no tendría ninguna influencia perniciosa en las cualidades de su yerno.

Por segunda vez el cacique cayó enfermo y sintiendo aproximarse la muerte llamó de nuevo a su yerno y con voz casi apagada, le hizo esta confidencia de las Mil y Una Noches: Nadie desde entonces, ha descubierto la huaca de la que él quería hablar; se perdieron en conjeturas de toda clase; se intentaron excavaciones en una colina de arena, que, vecina a Trujillo, parece ser obra de los hombres; pero los trabajos dirigidos sin inteligencia se vieron paralizados por los hundimientos.

Otro convento de Lima, Santo Domingo, me ofrecía también un curioso tema de estudio. El altar de Nuestra Señora del Rosario era hasta hace pocos años, una maravilla. Si el santo ha sufrido el martirio, se vuelve horroroso pues su suplicio no dejaría de ser reproducido con esa realidad brutal que caracteriza el arte español. Clemente IX estaba lejos de compartir esa confianza, si se puede creer en las palabras que se le atribuyen: A su lado se ve, las alas abiertas, la cabellera ligeramente levantada por el aire, el pie rozando apenas el suelo, un querubín en actitud llena de dulce melancolía; su mano levanta con una duda piadosa, delicada, temerosa, una colgadura que velaba el rostro de la virgen: Sobre una aspereza de la roca, a la altura del rostro, descansa una rama rota en la que se abre una rosa irreprochable.

El alma inmaculada de la santa y el suave perfume de la flor, suben juntos hacia el cielo, a la mitad de su existencia; las dos han vivido su vida, la vida de las rosas. La iglesia estaba desierta, la ocasión favorable, y con la ayuda de una banquita llegué a contemplar de cerca esa deliciosa composición. En plena observación, me sentí tocado en el brazo y escuché al mismo tiempo, una voz que decía: Tomé el croquis y puse los ojos en él: Nunca es demasiado, en países extranjeros, el cuidado que debe tenerse con compatriotas desconocidos; pero cuando alguno se presenta bajo auspicios tales como la cortesía, la distinción y el talento, se puede correr el riesgo de modificar los principios de circunspección.

Salté pues al suelo y entré en conversación con aquél; no tuve luego, por cierto, lugar a arrepentirme.

Mi nueva relación, tenía una de esas caras que piden atención e inspiran confianza. Tenía la mirada espiritual y ligeramente irónica, era esbelto pero, un poco encorvado, como las gentes que viven a caballo y por cierto que se le habría tomado a primera vista, por un oficial de caballería y no por un artista. A partir de ese momento, yo tenía la ventaja. Así es que cuando él me tendió la mano, me pareció que apretaba la de un viejo amigo. De regreso a Lima, era al convento, donde él venía desde por la mañana a buscar sus primeras impresiones.

Continuamos juntos el paseo comenzado. En cada una de las gradas, se vuelve a encontrar a la misma mujer, con transformaciones sucesivas que la edad opera en sus formas y en sus tendencias. El artista, como se ve, fija en un siglo la duración de la vida humana: Dejando los claustros, mi compañero, me invitó a visitar el santuario de Santa Rosa, que depende del convento de Santo Domingo.

Bajamos, pues, dos cuadras de la misma calle y llegamos a la puerta del santuario. Ahí tropecé con una placa de fundación, sellada en los azulejos, y me detuve para leerla.

Ella cuenta que los obreros ocupados en cavar los cimientos del santuario, fueron sofocados de repente por un violento olor a esencia de rosas que exhalaba ese punto de la tierra, donde, el día del nacimiento de la santa, como fue constatado después, se habían enterrado sus primeros pañales.

Al fin de la galería, nuestro guía nos introdujo en una celda, donde se encontraban ya cuatro personas que formaban un grupo muy interesante. Delante de él, estaban de pie, en todo el esplendor de los veinte años, dos jóvenes, dos hermanas sin duda, vestidas de raso negro y llevando sobre la cabeza, siguiendo la moda española, una mantilla de encaje que dejaba entrever el coral de una flor de granada.

La menor enlazaba con su brazo el talle de su hermana, y esa postura inclinada, imprimía a las líneas de su cuerpo ondulaciones llenas de suavidad y de gracia. Su rostro, nada hubiese tenido de notable si no fuera por dos grandes ojos negros, que en su admirable movilidad, parecían lanzar a diestra y siniestra, fugitivos fulgores.

Una ama en traje de saya y manto, felizmente velada, pues tenía sin duda el físico del empleo, estaba sentada cerca de una ventana que iluminaba vivamente a las dos jóvenes; el espaldar elevado del sillón lanzaba su sombra sobre el monje. Nos habíamos quedado a un lado, para no perturbar la conversación. La celda se oscureció. Me quedé acortado, pues en verdad, había olvidado el objeto de nuestra visita; felizmente mi compañero se acordó, y el padre Zea dio seguidamente órdenes para que un hermano nos guiase hacia las sagradas reliquias, de las que era él depositario.

Su padre se apellidaba Flores, y su madre Oliva. Ella necesitaba un nombre que pudiera figurar con ventaja en ese ramillete familiar.

La voluntad divina se señaló en esa circunstancia. La Virgen le ordenó de viva voz, que llevara no solamente el nombre de Rosa, sino también el de Santa María. Fueron las primeras espinas de su vida. La santa soportó los desgarramientos con resignación, y se obstinó en florecer en la soledad, en vista de las felicidades eternas. Un acontecimiento inesperado puso fin a sus indecisiones.

Un día que la santa estaba rezando, una mariposa negra y blanca entró en su cuarto, se posó suavemente sobre su pecho y la sumió en un extraño éxtasis, del que ella salió con el pecho ornado con un corazón perfectamente dibujado.

En cuanto a la mariposa, la buscó en vano, había desaparecido. Sería superfluo enumerar todas las pruebas que Santa Rosa dio de sus relaciones con el cielo: Tuvieron la extraña idea de agujerear la imagen -felizmente bastante mediocre- para adornar las orejas, el cuello y las manos de la Virgen con zarcillos, collares y anillos de brillantes. El narrador añadió ingenuamente, que desde entonces se había creído, por castidad, no dejar al descubierto sino una parte del seno de la Virgen.

En efecto, la pintura del ropaje añadida, es de una época posterior a la del milagroso cuadro. A los dos lados del altar se ven los dos peronés de Santa Rosa, que forman los tallos de dos flores de oro, abiertas. Dos o tres cuadros encajados en el maderamen del altar, contienen lo siguiente: Se tomó esa precaución contra las devotas raterías que amenazaban desvalijar el santuario.

Sobre uno de los muros, notamos un fresco representando a la santa en oración, y cerca de ella a un elegante caballero con talante de conquistador, que llevaba el traje del tiempo de Felipe II.

Preguntamos a nuestro guía por la explicación de esa pintura, y he aquí tal como nos la dio:. Todas esas monadas, se estrellaban contra la fuerza espiritual de Rosa, que flagelaba con menospreciables burlas la bajeza y la cobardía de sus mortales enemigos. El demonio entonces, reconociendo la impotencia de los medios puestos en acción, recurrió a otras armas: Pero esa huida, no le pareció apropiada para confundir al tentador todo lo que ella deseaba; se detuvo entonces en la puerta de su oratorio, cogió una cadena de fierro, y se golpeó con ella tan cruelmente, que el demonio mismo quedó consternado.

Satisfecha nuestra curiosidad, dejamos ese religioso museo y entramos en la celda del padre Zea. Salimos del claustro, un instante después, llevando los votos de felicidad y las bendiciones del venerable anciano. Me detuve todo un día delante de un confesionario. El rostro del dominico, reflejaba las impresiones de una conciencia que titubea en transigir con el pecado.

Era por lo tanto, el caso de dispensar tesoros de indulgencias, pues esa adorable pecadora, debía ser, seguramente, de las que encuentran sin cesar sobre su camino, esas fatales manzanas de oro que el demonio se complace en tirar por ahí, como si quisiera probarse así, de tiempo en tiempo, que no ha envejecido.

Cerca del confesionario, otra joven, completamente caída sobre las losetas, esperaba su turno, y hacía una cantidad de cruces sobre su rostro. La falta de sillas en el lugar santo, obliga a cada mujer a traer con ella, un cuadrado de tapicería, o una pequeña alfombra bordeada que les sirve para arrodillarse o sentarse. Pero, al momento la fatiga que resulta del contacto casi inmediato con la loseta, las obliga a buscar una postura menos hostil a la delicadeza de sus miembros; de allí nacen actitudes deliciosas, y que creemos naturales, pues, hay que decirlo, la devoción de las limeñas nos parece exenta de coquetería.

El incienso, los himnos sagrados, los suspiros del órgano, suben con las plegarias hacia el Señor y en varias iglesias, en la capilla del convento de San Francisco, sobre todo, los canarios y los jilgueros perdidos en el bosque de cristal de los candelabros unen sus trinos al canto grave de los monjes.

Las procesiones, en Lima, ofrecen también varias clases de interés. Aparte de la procesión de Santa Rosa, que siguen ordinariamente las mujeres, quienes han guarnecido sus sayas con guirnaldas de rosas blancas y rojas, pareciendo celebrar la llegada de la primavera, la fiesta del Corpus, resume todas las ceremonias del mismo género.

El estrepitoso vuelo de los repiques; el extraño retintín, que ejecutan los niños en los campanarios, golpeando sobre las campanas; el tronar de la artillería, las fanfarrias militares, saludan la aparición del Santísimo en el pórtico principal de la Catedral.

Inmediatamente después, andaba al medio de su brillante Estado Mayor, seguido por los diferentes cuerpos del Estado, el Director Supremo, Vivanco, la cabeza descubierta y un cirio en la mano. Charreteras cuyas largas torzadas sic flotantes bajaban casi hasta el codo, una ancha cinta roja atravesada al medio por un ribete blanco, que se lleva al cuello como el Gran Cordón de la Legión de Honor, y que se llama la Banda , eran las insignias de su grado y de su dignidad accidental.

Enseguida venían en olas apretadas las diferentes categorías de negros y de indios, y las cofradías de esclavos portando estandartes y pendones cargados de emblemas extraños y misteriosos. Varios de sus miembros cantando y bailando, haciendo tronar tambores, estremecer cascabeles, charlar castañuelas. Sobre todo, son los cuadros, los que hacían el lujo de las casas consagradas al culto. Otro cuadro representando la Huida a Egipto, nos parece de estilo demasiado severo para ser de él.

La iglesia de los Desamparados, posee también un Murillo: Se les encuentra en casi todos los monasterios y en casas de diferentes familias limeñas Los cuadros de maestros italianos de segundo orden, son también ahí, muy numerosos, particularmente los de Bassano y los de Lucas Giordano, ejecutados sin duda durante la estadía que ambos tuvieron en España, donde ellos trabajaron para el Escorial.

Italia también los ha exportado directamente. Casi no se pueden apreciar las telas, que colocadas de plano, adornan hasta una gran altura, las pilastras y los muros de esa misma iglesia de San Pedro: La regla de los conventos, de acuerdo con el gusto nacional, multiplicaba a los pintores, las ocasiones de presentarse.

Los monasterios ostentaban ordinariamente, sobre los muros de su claustro principal, la historia de sus patronos conventuales. Entre esas telas cuya ejecución se remonta a fines del siglo diecisiete, y mediados del dieciocho, no se encuentra casi nada que sea digno de ser admirado; no obstante, a despecho de la depravación del gusto y de la incorrección del dibujo, se podría realzar una especie de talento de escenario, en la serie de cuadros que reproducen la vida de San Francisco, Santo Domingo, San Pedro Nolasco, y San Felipe Neri.

La indiferencia de los monjes para esos interesantes restos, su apatía, su ignorancia y su pobreza actual, hace que les sea imposible preservar del deterioro a los cuadros expuestos en sus claustros.

Sería de desear que se reunieran en un museo esas obras así esparcidas; pues a pesar de sus pocos méritos, restaurados y convenientemente expuestos, ellas podrían tal vez concurrir a dirigir los ensayos de los jóvenes artistas. Ignacio Merino, discípulo de M. El colorido nos parece ser el mérito menos discutido de sus producciones. La vista constante de esos numerosos cuadros no podía permanecer estéril, en un pueblo cuyo gusto y aptitud para diferentes trabajos de arte llenos de delicadeza, se habían manifestado ya, desde la época de la Conquista.

Es sin duda, del examen de esos modelos, que sacan un vivo sentimiento de la pintura, algunos valientes obreros del Cuzco y Chuquisaca, ocupados sin tregua en reproducir, melancólicamente, la imagen de sus antiguos jefes incas. Siempre una docena de figuras, dispuestas irreprochablemente sobre una misma tela, con el orden de un tablero de ajedrez: Hemos tenido ante los ojos varias de esas figuras, convenientemente concebidas y agradablemente pintadas; pero lo que las caracteriza sobre todo, es una expresión de tristeza y desaliento que oprime el corazón.

Esos indios celosos y pacientes, son de esa manera, en la actualidad, los representantes de la pintura nacional. Desgraciadamente el clero peruano se obstina aquí, en hacer desaparecer bajo espesas capas de barniz todo el acabado del trabajo. Hijos de la paz, hubieron de sentir cruelmente la influencia de las agitaciones revolucionarias. Que venga pues, un poder sólido que dé a los pintores las comodidades que les deseamos.

Veremos sin duda, a muchos jóvenes limeños que hoy día estudian en Francia, regresar a su ciudad natal y reanudar ahí, la cadena de tradiciones, que parecen designar a Lima como la cuna del arte americano Es allí, en fin que la elegante flexibilidad del andar, la gracia sin igual del porte, de las actitudes, de los gestos, se unen a todo lo que la mirada tiene de tierno magnetismo, y la palabra de cariñosa eufonía, para perpetuar ese encantador dicho peruano que caracteriza a las limeñas: Durante nuestra estadía en la capital peruana, fuimos testigos en la Plaza Mayor, de algunas extrañas escenas, que nos enseñaron en un día poco favorable, la vida política del país.

Desde la época en que el presidente Gamarra había expiado sobre el campo de batalla de Ingavi, su desastrosa tentativa contra Bolivia; Torrico, La Fuente y Vidal, se habían disputado el poder, que había terminado por caer en manos del general Vivanco. Vivanco decidido a sofocar con una enérgica represión las tramas que le amenazaban, hizo arrestar a todas las personas que fueron señaladas como hostiles a su gobierno.

La ejecución de ese desgraciado, ha quedado en mi memoria como un rasgo de esas costumbres tan extrañamente mezcladas de dolor y de crueldad que ya había podido observar en toda su impetuosa libertad, en la Plaza de Acho. La casualidad nos había llevado a la Plaza Mayor, el día que debí ser ejecutada la sentencia dictada contra el buhonero, tan tristemente abandonado por los que lo habían comprometido. El pueblo afluía ahí, de una manera desacostumbrada, y se formaban por todas partes grupos compactos.

Eso se ha visto, pero es toda la culpa de las víctimas, pues nadie ignora que se tira del lado del Arzobispado. Él dio algunos pasos y nos enseñó una muralla cuyo yeso, mostraba en efecto, los rastros innegables de las ejecuciones precedentes.

De repente, en un grupo vecino en el que la conversación parecía muy animada, un hombre interrumpió, al oír sonar el reloj de la Catedral:. La conversación continuó entonces como si nada la hubiese interrumpido. Llegamos ahí al toque de las once. El cortejo, abierto y cerrado por un piquete de caballería, estaba ya en movimiento; a cada lado del condenado, una fila de soldados contenía a la muchedumbre apretujada y curiosa. Estaba en mangas de camisa y llevaba un ordinario pantalón listado; un viejo fieltro negro le cubría la cabeza; su estatura era alta; su andar seguro; y, fiel a sus gustos nacionales hasta el fin, ese hombre que iba a morir, fumaba un enorme cigarro.

Terminadas las oraciones, el toque de muerte cesaba de sonar en esa iglesia para recomenzar en la iglesia siguiente; el cortejo continuaba su marcha a través de la muchedumbre triste de curiosos que afluían por todas las calles, y llenando los pórticos, se arrodillaban y rezaban con el sentenciado; pero nadie lo seguía, porque después de haberlo visto, cada cual se apresuraba a regresar por las calles adyacentes, al lugar de la ejecución.

Esa formalidad duraba todavía cuando a la entrada de la Plaza se elevó un rumor repentino que anunciaba al sentenciado. Se le iba pues, a fusilar en medio de la muchedumbre, sin preocuparse mayormente de los que pasarían tras de él. Parecían esperar un instante, que la clemencia del poder intervendría, y nuestras miradas interrogaron a la galería durante un minuto de dolorosa espera.

Todo estaba dicho, comprendimos que la ley seguiría su curso, y nuestras miradas se voltearon nuevamente al condenado, cuyas febriles alternativas de esperanza y desaliento, no habían alterado en nada su calma y orgullosa actitud. Desviamos entonces los ojos de esos tristes preparativos y los dirigimos sobre la muchedumbre de los alrededores.

El cuello extendido, la mirada huraña, los labios trémulos, y sin voz, muchas tapadas cuyas pequeñas manos blancas, sin fuerza sin duda para cruzar su manto, dejaban al descubierto un rostro joven en el que se pintaba una mezcla de curiosidad y de terror.

Una descarga de fusilería, que hizo saltar el corazón a todos, nos anunció que la sentencia acababa de ser ejecutada. Sin embargo, solamente el ruido de una segunda descarga de fusilería, vino a detener a los fugitivos, y pudimos regresar al lugar de la ejecución.

Por fin, se aproximaron algunos soldados, cerca del mutilado y le dieron el golpe de gracia. En una de esas descargas voluntarias, un individuo que nos pareció ser un oficial y que sin duda había olvidado que no se pasaba del lado del Arzobispado, acababa de ser gravemente herido; los soldados que lo llevaban todo ensangrentado, le reprochaban con vehemencia, el haberse metido de aquel lado.

Los fieles pudieron entonces venir a echar agua bendita sobre el ajusticiado y depositar una ofrenda en su sombrero, en el que se podía leer una inscripción previamente escrita, solicitando limosnas, que, afirmaba, servirían para pagar oraciones por el descanso de su alma. Los acontecimientos políticos debían ofrecernos luego, en el mismo lugar, episodios menos terribles. Una calma de algunos meses, había seguido a la ejecución del buhonero.

Lima comenzaba a esperar que el poder establecido, tomara por fin serias raíces. La administración tuvo también su turno; magistrados ímprobos e incapaces fueron revocados, y severas advertencias vinieron a inquietar a diferentes funcionarios sospechosos.

En cuanto fueron conocidos en Lima, esos sucesos, se manifestó una extrema agitación, y no se podía dudar, viendo el entusiasmo con que se preparaban a rechazar al enemigo, del calor de las simpatías consagradas a Vivanco. Los ciudadanos corrían a inscribirse en los alistamientos de voluntarios. Se organizó la resistencia en los puntos amenazados y débiles y se levantó barricadas en las entradas principales de la ciudad, protegidas por la artillería. No obstante, era un placer ver qué importancia parecían dar a esos medios ilusorios.

Pedimos cualquier tipo de colaboración también a España", clama. Testigos de lo ocurrido en Sinyar, no verificables independientemente por la imposibilidad de acceder a los dominios del IS, acusan a los fundamentalistas de violar y secuestrar a cientos de mujeres. El pueblo yazidí ha habitado en Sinyar y zonas aledañas desde tiempos inmemoriales , donde se dio a conocer como un pueblo guerrero.

Los yazidíes son generalmente de etnia kurda. Su cosmogonía se remonta a la antigua Babilonia. Su idiosincrasia es comparable al mitraísmo, practicado en catacumbas del Bajo Imperio Romano: De hecho con el tiempo hemos asimilado valores de diversas religiones, especialmente del cristianismo y el islam", relata Ashti.

El santuario de los yazidíes es la tumba del Sheik Adi , su líder espiritual, en Lalish. La intransigencia religiosa del IS se ha topado no sólo con yezidíes. Esto le permite tener el control de los recursos hídricos y energéticos. Al mismo tiempo los peshmerga , las fuerzas armadas del Gobierno regional kurdo del norte de Irak, lanzaron ayer una ofensiva para recuperar los territorios cercanos a Mosul y confirmaron la llegada de nuevo armamento.

Cerca de la casa, y dominando la muralla elegantemente dentellada de un vasto recinto, se percibe, semejante a un arco de triunfo, una especie de pórtico cargado de ornamentaciones de estuco y unido a una serie de arcadas. Esta mañana [por ayer] llegaron 6. Seguíamos con interés esos preparativos: Testigos de lo ocurrido en Sinyar, no verificables independientemente por la imposibilidad de acceder a los dominios del IS, acusan a los fundamentalistas de violar y secuestrar a cientos de mujeres. Pero el "gran dragón escarlata" no logró destruir del todo a los judíos, pues "…la tierra abrió su boca y tragó el río".